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Es la enésima taza de té hirviendo con canela que me preparo mientras escribo este relato en silencio. Ayer inauguré la temporada navideña, y un alfajor con saborcito a anís, almendra y clavo me ronda aún en la boca. Parar el tiempo así es lo único que quiero después de un viaje de semejante calado, y seguir digiriendo lentamente aquello que pasa tan rápido.

Veintiún grados bajo cero es una temperatura a la que nunca pensé que me expondría. Es curioso, no hago más que comprobar lo inútil de esperar que pasen cosas (o que no pasen). Al final, ocurren sin preguntarte previamente qué te parecería si pasasen. No deja de ser irónico que en el idioma estonio no exista el tiempo futuro, cuando una cosa todavía no ha ocurrido se utiliza un presente atemporal.

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Aterrizamos en la capital de Estonia, Tallin, en la madrugada de una noche gélida como nunca había experimentado. Llegamos un día después de lo previsto (veis lo que digo) tras retrasos de vuelos por cuestiones meteorológicas que pusieron a prueba mi paciencia. Hacerme mayor es algo que para bastantes cosas resulta muy satisfactorio, como saber esperar. Eso, y contar con amigos maravillosos que te ofrecen su casa para pasar la noche en Madrid, mientras esperas con un vino a que el vuelo pida pista para aterrizar en el gigantesco aeropuerto de Frankfurt.

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La cultura oficial va a tu encuentro, al underground tienes que ir tú. Nuestro alojamiento se ubicaba junto a Telliskivi Loomelinnak la zona de movimiento cultural underground de Tallin, o como leí en algún sitio, “overground”. Hoy en día lo que se sale de la norma está por encima y no en las profundidades, los núcleos estables de la cultura oficial están definidos y asentados, y aquello que se crea en los márgenes tiene un valor añadido. Las grandes marcas lo saben y están al quite, nada es tan inmaculado. Una especie de Matadero madrileño con aires nórdicos, un buen rollazo destacable y tres palmos de nieve. Poesía, fotografía, exposiciones, cine forum y una exuberancia de bares que competían por dejarnos ojipláticas. De estética industrial, combinando ladrillos, hierro forjado, hormigón y madera, con una iluminación que me tenía pasmada.

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El pueblo estonio es etnia y lingüísticamente hermano del finés (no es indoeuropeo); se considera el país menos religioso del mundo; más de la mitad de sus habitantes no se identifica con ninguna religión; están entre las personas más altas del mundo; más de la mitad del país son bosques. Esto leía mientras preparaba el viaje. En realidad no necesitaba muchos motivos, me habría ido aun no sabiendo nada.

Quedan pendientes cómo no los bosques estonios y adentrarme en las zonas rurales como Haapsalu, que descubrí recientemente en la peli La clase de esgrima (Miekkailija. Klaus Härö, 2015). Es la historia de un campeón de esgrima que encuentra trabajo como profesor en este pueblo, huyendo de la policía secreta de Stalin en Leningrado.

Otra de las pelis maravillosas que vi antes del viaje y que me dejó sacudida por semejante sensibilidad y ternura fue Mandarinas (Mandariinid. Zaza Urushadze, 2013), ambientada en la guerra de Abjasia entre Georgia y Estonia en los años 90. Y en esta tesitura transcurre una historia que comparte voluntades con En tierra de nadie (Danis Tanovic, 2001), pero que sabe ganarse su propio espacio.

Esa primera noche me costó dormirme, era incapaz de clausurar un día de tantas locuras bonitas. Así que decidí salir al balcón envuelta en chaquetones a contemplar la noche nevada, un cielo anaranjado y un silencio tranquilizador en medio de ese territorio totalmente desconocido. Poco más de 200 km me separaban de la frontera rusa, pensaba en estas pelis soviet mientras tanto, y todo eso me parecía de lo más emocionante como para dormir.

El invierno aquí regala poquitas horas de luz. Contábamos con apenas seis, desde las nueve que amanecía hasta aproximadamente las tres. El resto del tiempo nos acompañaría la nieve, una noche clara (la nieve alumbra) y una temperatura que en ningún caso subió de los doce grados bajo cero. Todo grotescamente excitante.

Calle y frío

Decidimos dedicar nuestro primer día en Tallin al casco antiguo, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. En la primera hora de paseo, al borde de la congelación, decidimos refugiarnos en la catedral ortodoxa de Alexander Nevski para evitar que nos cortasen los dedos por gangrena. Muletazo incluido por parte de un hombrecillo amigo del vodka que solicitaba su impuesto revolucionario, disfrutamos de ese lugar construido a finales del s. XIX cuando Estonia pertenecía al Imperio ruso.  

En los viajes de frío, se hace imprescindible la parada técnica para café cada cierto rato. No importa si te gusta o no el café. Es requerimiento innegociable. Líquido caliente y cafeína para sobrevivir. Y en estas dos ciudades, los cafés son del tamaño de una bañera, con su capa de crema de leche y dibujito cuqui correspondientes. Yo habría optado por café solo, pero el hombrecillo finlandés del que luego hablaré confirmó nuestras sospechas: esta gente son de las que más café bebe del planeta (disculpen la escasa rigurosidad de mi estadística), pero no por ello se trata de un café de alta calidad. No obstante, he de decir en su favor que su sabor resultaba agradable y a nuestros estómagos les sentaba de maravilla, y en nada recordaban al café torrefacto salido de un motor de coche que a algunos bares españoles les gusta servir.

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Poco más pudimos soportar en la calle, así que la siguiente parada fue en una taberna medieval. A sabiendas del reclamo turístico de ese lugar, era demasiado el frío como para seguir deambulando –en la calle no-, y cedimos. Obligaciones de guion fueron la sopa espesa de champiñones (con crema agria) y el famoso pan de centeno (rukkileib) untado con queso crema y cebollino. Pedimos para compartir un plato de cordero con una salsa ácida de grosellas, acompañado de una guarnición de cebada, arándanos y avellanas. Me encantó. El otro plato consistía en una carne de cerdo guisada con canela y bastante mantequilla, con una generosa guarnición de calabaza asada con jengibre. Catamos el gloggi sin demasiada exaltación. Una comida cargada de sabores de invierno, aromática, pero de difícil digestión.

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Los estonios son expertos en el cultivo del centeno, llevan cultivando este cereal durante más de un milenio. Ante semejante legado, es palpable el amor por el pan de centeno en la cultura y las tradiciones estonias.

En plena época prenavideña, el espectáculo de los mercaditos navideños cuquis se cernía ante nosotras. No voy a fingir emoción, porque esperaba más (de nuevo lo inútil de esperar cosas). Numerosos puestos trampa para pescar al turista, ingentes cantidades de gloggi (vino caliente especiado y generosamente azucarado) y piparkoogid (galletas de jengibre especiadas, muy extendidas por el norte de Europa, de las que me declaro fan incondicional).

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La gastronomía estonia está influenciada claramente por la cocina rusa y la alemana. De ahí las mezcolanzas tan molonas, donde lo mismo le dan al vodka, que a las patatas asadas con mantequilla y bayas de enebro, carne de cerdo y col fermentada (mulgikapsad). La crema agria, un tipo de nata fermentada, se utiliza en muchas sopas que ahora en invierno es casi un ruego para el cuerpo. Y de todo esto encontrabas en esta plaza. Pero poca fiesta gastronómica más en lo que a los mercaditos de Navidad se refiere. Quizás me quedé instalada en los mercados de Strasbourg, y mi idealización oficial al pueblo francés me impide reenamorarme (ya me lo miraré en otro momento), en cualquier caso no estoy de acuerdo en que sea uno de los más espectaculares de Europa el de Tallin. 

Al día siguiente perdimos el primer ferry de la mañana a Helsinki por un taxi que no llegó nunca. Atravesar el Báltico congelado en pleno invierno rumbo a Finlandia era una de las cosas más emocionantes que se me ocurrían para ese martes por la mañana. Podrían retrasarnos los vuelos, fallarnos los taxis, o cambiarnos las horas del ferry. Pero no pensábamos desestimar la opción de cruzar.

Mientras esperábamos al siguiente ferry y tras una escena entre divertida y patética en el muelle, acabamos en una de las panaderías más molonas de Kalamaja a las ocho de la mañana, comiendo unos bollitos de cardamomo con café, cuando el día ni siquiera había empezado.

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Tenía demasiado reciente la peli de Flee (Jonas Poher Rasmussen, 2021), que cuenta el aterrador viaje de un refugiado gay afgano a Dinamarca. En una de las angustiantes secuencias, sus hermanas quedan atrapadas en un contenedor de un carguero en su intento por llegar a Escandinavia cruzando el Báltico. En otro momento de la película, se puede vivir con el protagonista la ansiedad de cruzar la frontera rusa nevada y viajar en un barco donde se presencia la miseria humana, acechando la guardia costera de Estonia en todo momento.

Todo esto tenía yo en mi cabeza esa mañana… Tenía que coger ese ferry.

Helsinki es una ciudad pequeña con influencia y hermanamiento sueco innegables, art nouveau, neoclasicismo (me quedó claro que Engel ha trascendido con su obra en esta ciudad). El freetour, por cierto, ha constituido uno de los momentos de más risas del viaje (no por el tour en sí, que además fue de lo más entretenido gracias a nuestro guía que se mantuvo impertérrito ante el frío, aunque su barba se fuese congelando durante el paseo, literalmente); sino por el delirio que empezamos a sufrir con ese frío húmedo que se metía en los huesos hasta retorcerte.

Junto a la plaza del Senado, Kruununhaka, y para meternos algo al cuerpo antes de comenzar el freetour, entramos en un sitito pequeño y como sería la tónica habitual en Helsinki, muy acogedor y funcional. Nos comimos un pedazo de sandwich de pastrami con chucrut y russian sauce (yogur, tomate, rábano, pimientos, cebolleta, paprika), al módico precio de dieciséis euros. Eso sí, exquisito.

Pastrami

Habiendo sobrevivido a un paseo de dos horas en esas condiciones climáticas, acudimos desesperadas a algo que se le pareciera a calor. Tuomaan Markkinat (Mercado de Navidad), junto al muelle. 

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Pero donde de verdad se cuece lo bueno es en los mercados, y allí fuimos antes de que nos dieran con la puerta en las narices. El Vanha Kauppahalli, protegido por la Junta nacional de antigüedades, es el mercado más antiguo del país. Sin duda, se intuye el esmero en promover su producto nacional, buena parte procedentes del Ártico. Venden el producto fresco que les permita la temporada, y el resto en conserva: encurtidos, marinados, vinagretas, ahumados, salazones… una auténtica barbaridad.

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La verdura encurtida es casi la única manera que tienen los finlandeses de seguir consumiendo producto local durante el invierno, a excepción de algunos tubérculos y raíces (nabos, remolachas, rábanos) y por supuesto la col, en un país donde durante seis meses la tierra no ofrece nada porque está helada bajo la nieve, y la luz es escasa. Los tubérculos son estructuras que determinadas plantas desarrollan como estrategia de supervivencia, especialmente para soportar las condiciones invernales. Gracias a estos almacenes de almidón, la planta tiene reservas de energía para sobrevivir hasta que lleguen los meses cálidos.

Tomamos el siguiente café bañera en un lugar muy agradable. Los precios aquí ya no se andaban con tonterías. Por resumir, 5 pavos el café y 8 la cerveza. Paseamos un poco, pero la oscuridad y la humedad se apoderaron de nosotras, y decidimos cenar más temprano que los propios finlandeses. Tomamos una Lohikeitto (sopa de salmón con crema agria), y para compartir una salchicha de venado con ensalada de patata y pepinillos y unos emparedados de pan de centeno (Ruisleipä) con silakka (arenques marinados del Báltico), crema agria, huevo duro y cebollino. Algo casi idéntico tienen en Estonia, el Kiluvoileib.

Esa noche nos quedamos en un hostel que me devolvió a mis años Erasmus. Y curiosamente, no era chavalería lo que allí se alojaba, sino gente de nuestra quinta en adelante, que conversaba en la cocina común mientras se preparaban la cena. Amo esas cocinas nórdicas y en general de corte noreuropeo, cálidas y acogedoras, donde existen además unas ventanas gigantes sin cortinas en las que sentarte a observar la vida a través de ellas. Allí todo el mundo toma té, habla bajito en varios idiomas y se respira un aire cosmopolita que me atrapa como al mosquito la luz morada.

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Leí que la nostalgia es una manera romántica de estar triste, y comprendí entonces que la tristeza ha formado parte de mi vida desde hace mucho. Ahora, lejos de pesarme, me parece un atributo que ha enriquecido mi manera de entender las cosas.

Antes de subirnos al ferry de vuelta a Tallin, pasamos un ratito por el Hakaniemi Kauppahalli, otro de los mercados molones de esta ciudad, que se encuentra al otro lado del puente que divide el centro de los barrios más periféricos.

 IMG 20211208 112904 640x463 Mercado Hakaniemi 1 Mercado Hakaniemi 2

Desayunamos en un café amplio donde un finlandés trabajaba con su ordenador y mantenía una reunión casi en susurro, mientras nosotras degustábamos un pastel de frambuesas con masa de almendra, y veíamos a la gente pasar. Es realmente un regalo estar ociosa un día laborable, lo aprecio infinitamente más que un domingo.

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No he probado los famosos rollos de canela (Korvapuusti) ni los bollos de azafrán (sahrami pulla), pero quedan para la siguiente, que siempre hay que dejarse cosas. 

En el mercado compramos una especie de mojama de reno (poro) y muchas cositas ricas para la comida de vuelta en el barco. A pesar de que empezaba a cogerle el gusto al inglés, toparme con un panadero de origen marroquí afincado en Helsinki desde hacía treinta años y hablar con él en francés, me devolvió al lugar al que pertenezco. Ahí sí. El bando francófono.

La vuelta en el ferry nos regaló una estampa que no existió a la ida, en parte porque la nieve y el frío no hacían más que aumentar. Atravesamos el mar Báltico por el Golfo de Finlandia rompiendo literalmente bloques de hielo, y navegando cerca de algunas islitas completamente cubiertas de un manto nevado. Yo nunca he visto nada parecido. Uno de los camareros del ferry, al que rogué con ojitos inocentes que me dijese cómo salir a la cubierta, me llevó por unos pasadizos hasta ella. “Sigue ese pasillo y encontrarás una puerta al exterior. Éste será nuestro secreto”, me dijo. Venga ya… me sedujo de tal manera esa frase cinematográfica, que me lancé gloriosa a la cubierta cámara en mano, y de la emoción, no me rompí una pierna de milagro. Entendí de golpe por qué estaba prohibido el acceso.

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Ya dentro de ese ferry gigante calentitas, y sin dejar de contemplar la ventana, nos preparamos el banquete que habíamos comprado en el mercado: Kukot, una especie de tartaleta muy consistente hecha con harina de centeno y con verdura o pescados. Nosotras compramos una que nos recordó a los boquerones (porque al finlandés no había dios que lo entendiera cuando nos lo explicó). Kitkan viisas, después de devanarme los sesos investigando sobre este pescado, puedo decir que es lo más parecido a un boquerón, pero de río. Este pescado es capturado en las tierras altas cerca del círculo polar ártico, donde los lagos están cubiertos de hielo de octubre a mayo. Sólo imaginarme ese lugar ya me da felicidad.

Kukot Pastel de carelia Pan crepe Pan centeno

La segunda imagen es Karjalanpiirakka, un pastel de arroz de la región de Carelia, en la frontera rusa. Es algo muy parecido a lo anterior, una especie de corteza de centeno y un relleno de arroz acompañado de mantequilla de huevo o munavoi.

La tercera corresponde a Lapin rieska, un tipo de pan plano elaborado únicamente con harina de cebada, original de la región de Laponia. Imaginaos comiendo una sopa hirviendo con pescado y un buen trozo de este pan…

Y cómo no, un buen pan de centeno puro, vendido por el panadero marroquí.

La fruta y la verdura frescas prácticamente no las hemos probado. El frío no ayuda a que apetezcan, aunque se echaban de menos al final, y las ocasiones para comerlas son muy reducidas, a excepción de la col fermentada, los nabos, los rábanos y la remolacha a tuttiplen que comentaba.

Volvimos a Tallin con la sensación de haber vivido algo muy diferente a lo anterior en no más de treinta horas en Helsinki. Sigo estando allí mientras escribo. Esa ciudad me atrapó.

Esa noche decidimos adentrarnos nuevamente en Telliskivi, quemarme el pelo con una vela por exaltación de la amistad y beber cerveza estonia, mientras en la calle seguíamos coleccionando grados bajo cero. Antes de eso pasamos por una exposición de fotografía, Mirroring humans, de grandes maestros húngaros como Robert Capa y Brassaï. Un chico de gafas redondas y bufanda de lana elegantemente enlazada captó nuestra atención en español. Antropólogo visual enamorado de Barcelona.

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El último día de viaje lo dedicamos a pasear sin rumbo por el precioso barrio de Kalamaja y la prisión de Patarei. No hacía más que pensar en momentos en los que el ser humano se ha expuesto a estas temperaturas en estos lugares. Me venían a la cabeza constantemente los campos de Siberia de tanto que había leído antes del viaje, a donde Stalin mandaba a los opositores al régimen, y donde la comida era escasa y el frío literalmente los enloquecía. Leía: campos de trabajo forzado, situados en los lugares más alejados de la geografía soviética. Desolados y aislados, en los que nunca había vivido nadie por una simple razón: era casi imposible vivir allí. Tierras de inviernos perpetuos.

Patarei

A pesar de estar completamente solas allí, ese lugar no hacía más que transmitir. Un grupo de tres cineastas y una fotógrafa aparecieron por allí. No era para menos.

Por aportar un toque más amable y conciliador, decidimos comer en un restaurante ruso… Una vez más, los interiores de cada sitio al que hemos entrado nos embelesaban con su decoración, casi siempre moderna e industrial. La camarera nos recomendó unos blinis de trigo sarraceno (muy frecuente por cierto en Estonia) acompañados de crema agria y huevas de pescado, una sopa de salmón y eneldo y unas pirukas (una especie de agradable pastel de carne y huevo, y en este caso también con col).

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Atravesamos a pie el bosque de Kadriorg, blanco inmaculado, en una quietud cinematográfica en la que algo está a punto de pasar. Y llegamos por fin al museo de arte contemporáneo de Tallin, el KUMU (Eesti Kunstimuuseum). Allí me topé con un cuadro, Tänavatallajad (algo así como “peatones callejeros”), de Eduard Ole, un pintor estonio cuyas obras giraban sobre todo en torno al expresionismo y el cubismo. No creo que vuelva a ver esa obra, pero conservo un recuerdo impactante del caos. Pero allí fuimos fundamentalmente buscando la exposición de Jeremy Shawun artista canadiense afincado en Berlín que trabaja con el audiovisual, la ciencia y el arte conceptual.

El último café con galletita de jengibre nos lo tomaríamos en ese lugar salido de la imaginación de muchos de nosotros. Cito textualmente, no hay desperdicio en cada letra aquí articulada:

Fotografiska utiliza el poder de la fotografía para unir, difundir la conciencia y crear un impacto positivo en la sociedad. Esta mentalidad está bien integrada en todo lo que hacemos. Al seguir nuestra visión de inspirar un mundo más consciente, nuestro objetivo es elevar el nivel de conciencia y cuestionar lo que comemos, bebemos y damos por sentado, impulsando a la sociedad hacia hábitos más sostenibles.

Nos subimos al avión con la integridad y la serenidad que da haber vivido. Hemos atravesado el hielo del Báltico, degustado arenques del ártico y experimentado cómo un cuerpo puede exponerse a más de dos decenas por debajo del cero. Y no hemos parado de reír por todo, por un hombrecillo finlandés que andaba raro, un muletazo que reclamaba su impuesto, o una terapia de meditación innovadora para evitar la congelación de pies y manos. También por estar vivas, por poder viajar como hemos hecho y por estar siempre del lado de la curiosidad. 

Tras el viaje, Maribel y yo hemos elaborado un recetario navideño en homenaje a este viaje. Podéis descargarlo aquí si os apetece y probar con nosotras estos aromas del norte. 

Todo aquello que rodea al acto de comer forma parte de nuestra esencia. En nuestra profesión, atendemos diariamente a personas que por algún motivo clínico, necesita mejorar en cierto modo su alimentación y su estilo de vida. Nuestra tarea consiste en mostrarles una mirada diferente, transmitirles un modo de alimentación al que poder adherirse como forma de vida, y no como imposición. Y para ello, hay que amar (conocer) la gastronomía en toda su magnitud.
Viajando, esmeramos aún más esas posibilidades, definimos con mejores argumentos la curiosidad de aprender. Aventurarse a conocer qué comen otros pueblos nos acerca al conocimiento.

Hacer este viaje ha supuesto un reencuentro con una parte de mí. Me ha vuelto a recordar por qué viajar es mi forma de impregnarme y quedarme con todo aquello que quiero en mi vida. Es mi manera de trascender, de transformar lo transitorio en permanente. Viajar es un acto cognoscitivo con principio y fin. Todo termina.

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Sostiene el budismo que todos los acontecimientos físicos y mentales nacen y se disuelven. La vida humana lo encarna en el proceso de envejecimiento, el ciclo de nacimiento y muerte, nada dura y todo decae. A mí me parece éste un temón demasiado duro de roer por el momento, así que he optado por hacerle un pulso más amable a lo efímero. Lo confieso, soy una mujer con unos cuantos apegos materiales y emocionales, mejores y peores; intenté convencerme de lo contrario y desprenderme de ellos, pero perdí el tiempo, ahora estoy en otra. Yo me llevo conmigo aquello que quiero para mi vida. Lo congelo. Y para ello tengo mi cámara. La fotografía rompe la impermanencia y se instala en la trascendencia. Y cómo no, la escritura.

Compruebo además que en los viajes me llevo en mi cabeza a personas con las que he compartido mi vida. Los evoco con una sorprendente naturalidad, y desde una curiosa felicidad. Es por eso que viajar resulta terapéutico. Te permite procesar el desorden y reubicar. Y vuelves limpia.

 

 

 

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