Acabo de terminar un documental que me recomendó mi amigo Xavi, y ando removida y digiriendo. Fiore Mio (2024), un film intimista dirigido por el escritor italiano Paolo Cognetti —autor de Las ocho montañas— y rodado en torno al macizo del Monte Rosa, en los Alpes italianos.
Narra la relación entre el ser humano y la naturaleza, el paso del tiempo, el cambio y la fragilidad.
Mientras lo veía, no podía dejar de pensar en nuestros cuerpos, en nuestras vidas. En cómo nos cuesta aceptar que cambien. En cómo vivimos muchas de sus transformaciones como pérdidas, errores o fracasos. En cómo nos rebelamos contra el paso del tiempo, contra la diversidad y contra la propia vulnerabilidad que implica estar vivas.
Bajo su aparente eternidad, los glaciares retroceden, las rocas se erosionan y los paisajes se transforman silenciosamente con el tiempo.
Como las montañas, las personas, los lugares y las relaciones están en constante transformación.
Al aceptar la fragilidad que comparten todas las cosas, podemos entender que el cambio no es una amenaza, sino una condición de la existencia.
Y es precisamente en esa aceptación donde puede surgir una forma más auténtica y consciente de vivir.
Nuestros cuerpos cambian. A lo largo de la vida atraviesan etapas, experiencias, pérdidas, aprendizajes, embarazos, enfermedades, recuperaciones, ciclos hormonales y el propio paso del tiempo.
Sin embargo, muchas personas han aprendido a vivir estos cambios como si fueran errores que corregir o señales de que algo va mal.
Pero un cuerpo que cambia no es un cuerpo que fracasa. Es un cuerpo que vive.
Del mismo modo que no exigiríamos a una montaña conservar para siempre la misma forma, quizá podamos empezar a cuestionar la exigencia de que nuestro cuerpo permanezca inalterable.
Cuando dejamos de luchar contra cada cambio corporal y comenzamos a escucharlo con curiosidad y respeto, aparece la posibilidad de una relación diferente. Una relación menos basada en el control y en perseguir una imagen, y más orientada a acompañar un cuerpo que, como la naturaleza, está en constante movimiento.
Hay una diferencia entre cuidar el cuerpo y exigirle que no cambie.
El cuerpo no es una fotografía, es un proceso vital.
No existe una única forma correcta de ser paisaje. Hay cumbres escarpadas y colinas suaves, terrenos áridos y bosques frondosos, glaciares, valles y llanuras. Ninguno de ellos necesita parecerse a otro para justificar su existencia.
Con los cuerpos ocurre algo similar. La diversidad corporal no es una anomalía que deba corregirse, sino una expresión natural de la diversidad humana.
No todos los cuerpos tienen la misma forma, el mismo tamaño, la misma composición ni responden de igual manera a los mismos hábitos. Y esa diferencia, por sí misma, no constituye un problema de salud.
Reconocer la diversidad corporal no significa ignorar la salud, sino comprender que la salud puede habitar cuerpos diferentes. Significa dejar espacio para que cada cuerpo sea entendido en su singularidad.
Muchas personas sienten que su cuerpo debe dar explicaciones constantemente:
- Por qué pesa más.
- Por qué pesa menos.
- Por qué cambió.
- Por qué no cambió.
- Por qué no se parece al de antes.
- Por qué no se parece al de los demás.
La realidad es que muchas personas viven sus cuerpos como si tuvieran que justificarse constantemente. Como si existir no fuera suficiente y necesitaran demostrar que son lo bastante válidas, sanas, dignas.
Quizá parte del sufrimiento corporal nace cuando olvidamos que también somos naturaleza. Cuando dejamos de ver nuestros cuerpos como organismos vivos, cambiantes y diversos, y empezamos a tratarlos como proyectos de mejora continua.
Y tal vez la reconciliación comience precisamente ahí: en reconocer lo inevitable del cambio porque seguimos viviendo
Y en entender, claro, que habitar un cuerpo no debería exigirnos ni perdón ni permiso.
