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Domingo, 25 Octubre 2026 15:05

Contra Ana. La Anorexia de frente

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¿Qué puede hacer el teatro cuando una historia duele demasiado como para contarla?

Hay obras que nos obligan a revisar aquello que creíamos comprender. Contra Ana, escrita por Alma García y dirigida por Paco Montes, parte de la experiencia de la propia autora con la anorexia nerviosa y del año que pasó ingresada en una clínica de Barcelona. A través de esta historia, esta obra teatral trasciende la enfermedad para hablar de identidad, sufrimiento, libertad y responsabilidad social.

Como nutricionista, llevo años trabajando con personas que sufren trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Si algo he aprendido es que la comida y la relación que establecemos con ella no bastan para explicar lo que está ocurriendo.

El iceberg: todo lo que no vemos

Cuando hablamos de anorexia, solemos focalizarnos en la alimentación, el peso o la imagen corporal. Son los aspectos más visibles, aquellos que la sociedad identifica con mayor facilidad. Pero existe una realidad mucho más compleja bajo la superficie.

El miedo al rechazo, la dificultad para aceptarse, la búsqueda de afecto y reconocimiento, el sufrimiento emocional o la construcción de la propia identidad pueden formar parte de esa realidad invisible. No todos los TCA tienen el mismo origen ni responden a los mismos mecanismos, pero comprenderlos exige escuchar la historia de cada persona, sin reducirla a sus síntomas.

El control sobre la comida y el cuerpo puede convertirse en una forma de gestionar un malestar que no encuentra otras vías de expresión. Lo que inicialmente puede proporcionar una sensación de control o seguridad termina, en muchos casos, restringiendo la vida.

Pero necesitamos mirar más allá de la conducta alimentaria y preguntarnos qué está ocurriendo en la vida de esa persona.

NO enfermamos al margen de la sociedad

Una de las cuestiones más interesantes de Contra Ana es su capacidad para trascender lo individual y poner el foco como denuncia en el contexto social 

Habitamos una sociedad que habla cada vez más de salud mental mientras continúa premiando determinados cuerpos y asociando la delgadez con el éxito, la disciplina o la valía personal. Se nos invita a aceptarnos, pero simultáneamente recibimos mensajes que nos animan a corregir nuestro aspecto y a desconfiar de nuestro cuerpo.

La presión estética no explica por sí sola el desarrollo de un TCA, pero forma parte del contexto en el que construimos nuestra relación con la comida y con nosotras mismas. El estigma del peso, los comentarios sobre la apariencia y la idealización del control alimentario contribuyen a perpetuar una cultura en la que el cuerpo se convierte, con demasiada frecuencia, en una medida de nuestro valor.

No podemos pedir a las personas que se reconcilien con su cuerpo mientras seguimos construyendo una sociedad que les enseña a desconfiar de él.

La obra nos interpela precisamente ahí: ¿qué responsabilidad tenemos en aquello que normalizamos, en los ideales que reproducimos y en nuestra manera de comprender el sufrimiento ajeno?

¿Qué significa acompañar desde la salud?

Esta reflexión también atraviesa mi trabajo en consulta. En el abordaje de los TCA necesitamos atender la salud física, las necesidades nutricionales y la recuperación de una relación más flexible y segura con la comida. Pero no podemos convertirla comida en el único escenario de intervención.

La recuperación es un proceso complejo que requiere atención especializada, coordinación entre profesionales y una escucha que no reduzca a la persona a un diagnóstico, un peso o unos objetivos alimentarios. La recuperación nutricional es fundamental, pero no siempre implica que hayan desaparecido el sufrimiento psicológico, el miedo o la rigidez que acompañan a la enfermedad.

Todavía hoy, el abordaje de los TCA en muchos entornos sanitarios continúa muy condicionado por indicadores clínicos como el peso, el índice de masa corporal (IMC) y los parámetros bioquímicos para evaluar el proceso.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando estos indicadores ocupan el centro de la evolución terapéutica y determinan, en gran medida, el alta? ¿Hasta qué punto seguimos confundiendo la estabilización física con la recuperación global?

Estas preguntas deberían llevarnos a revisar nuestras propias prácticas: cómo hablamos del peso en consulta, qué mensajes transmitimos sobre la salud y cuánto espacio dejamos para escuchar aquello que no aparece en una analítica o en una historia dietética.
 
Y la reflexión es aún más urgente cuando persisten prácticas asistenciales basadas en la contención física o en el uso de castigos y correcciones como herramientas terapéuticas.

La seguridad clínica es imprescindible, pero no puede desligarse del respeto a los derechos, la autonomía y la dignidad de la persona. Necesitamos revisar los modelos asistenciales y avanzar hacia protocolos basados en la evidencia, la ética y una atención verdaderamente centrada en la persona.

Acompañar desde nuestra consulta implica ayudar a recuperar autonomía, flexibilidad y mayor libertad con la comida y con el cuerpo, sin convertir el peso ni el cambio corporal en la medida del progreso terapéutico.

El teatro como espacio de transformación

Quizá una de las grandes virtudes del teatro sea permitirnos acercarnos a experiencias que, de otro modo, mantendríamos a distancia. Nos sitúa frente a historias concretas y nos invita a mirar aquello que no siempre sabemos nombrar.

Necesitamos investigación, conocimiento clínico y tratamientos adecuados, pero también relatos que nos permitan entender cómo se vive una enfermedad y qué transforma en la vida de quien la padece. La cultura puede ayudarnos a cuestionar estereotipos, ampliar nuestra sensibilidad y reconocer aquello que hemos aprendido a normalizar.

Por eso considero Contra Ana una obra necesaria. Porque nos ayuda a mirar más allá de los síntomas y a preguntarnos qué responsabilidad tenemos como sociedad en la forma en que entendemos, prevenimos y acompañamos esta realidad.

Los TCA no son únicamente un problema con la comida. Son realidades muy complejas que atraviesan el cuerpo, la salud mental, los vínculos y la forma en que habitamos el mundo. Comprenderlos exige una mirada clínica rigurosa, una atención humana y una sociedad dispuesta a cuestionarse.

A veces necesitamos que alguien suba a un escenario, nos coloque frente a una historia que duele y nos recuerde que mirar hacia otro lado también tiene consecuencias.

 

Ficha artística

  • Dramaturgia: Alma García.
  • Dirección: Paco Montes.
  • Elenco: Carmen Climent, Alma García, León Molina y Jone Laspiur / Beatriz Justamante.
  • Músicos: Javier Porras / Cristian Olarte.

 

contra ana la contraria sala off

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