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Sábado, 02 Diciembre 2017 14:28

Plantearse otra navidad es posible (nostalgia de Berlín)

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Hace unos días volví de Berlín. Esa ciudad me ha sacudido el corazón. Y siempre que me ocurre eso, se desata en mi cabeza una serie de pensamientos que me impiden continuar con mi rutina sin detenerme un momento a escribir. 

Puede decirse que Berlín es por el momento, la única ciudad que podría optar a disputarse, en el paraíso de mis pensamientos y emociones, algún territorio galo; y aquel que me conoce, sabe que eso forma parte de una porción inquebrantable de mi esencia. La cultura alternativa en sus distintas manifestaciones (política, artística, económica...) me dejó perpleja. Cela m´a bouleversé l´esprit, y para colmo de todo, nos encontramos a las puertas de la navidad, un momento del año que me pone especialmente nerviosa.

Ataviada con gorros, lanas y gruesos abrigos, paseaba con mi cámara corroborándome a mí misma lo que me entusiasma observar a los demás. Puedo pasarme horas callada haciéndolo. Y me entusiasma porque observo formas de vida, pensamientos escenificados, bellezas ocultas, cuerpos y formas de exhibirlos muy diferentes, y algunas, poderosamente sugerentes. Y por extraño que parezca, me apasiona detenerme a observar ventanas y puertas envejecidas por el paso de los años, la experiencia estética de admirar el deterioro y la belleza que le otorga, me resulta un pequeño placer. 

Podría narrar los motivos que me llevan a ensalzar la belleza oculta de esta ciudad, pero, todo esto, ¿qué tiene que ver con la nutrición? Pues todo y nada. Viajar es aprender. Y la alimentación, es parte intrínseca del proceso.

Sí, me equivoqué, en Berlín no hallarás la cuna gastrosófica de otros lugares, quizás puedas contentarte con una salchicha (currywurst no, a ser posible…), un codillo o un pastel de patata y unas buenas cervezas de trigo bien a gusto. Eso sí, el pan de centeno alemán es posiblemente uno de los puntos más positivos a su favor. Qué deleite de miga densa, ácida y bien hecha, sí señor. Aunque como en toda ciudad centroeuropea, la carne y la patata conforman la base indiscutible de la alimentación, la irrupción de la cocina vegana en el planeta no pasa desapercibida, y menos en Alemania, uno de los países de tradición verde y sostenible (incluyendo la cultura de reciclaje que forma parte de su educación).

Tampoco faltan la alta cocina elitista, los restaurantes lujosos y el chorradismo. Pero eso es otro cantar, que a mí personalmente me conmueve menos. Mejor llévame a una taberna viejuna, y dime qué se cuece allí.

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No todo es carne y patata, también te encuentras por todos lados el famoso chucrut (col fermentada), pepinillos, mostaza, remolacha y lombarda, así que al menos, pude entablar una relación de cortesía transitoria con la gastronomía alemana. Alimentar a mi colon con estos ingredientes curiosamente probióticos y prebióticos casi todos ellos, es ciertamente un tesoro para las bacterias que allí viven, que gustosas se lo zamparán, y según cuentan las mentes científicas, probablemente constituya un tributo a mi propia supervivencia como especie.

Sin embargo, he echado en falta algo más de entusiasmo culinario local, comer es nuestra manera de relacionarnos apasionadamente con el mundo, de entenderlo y de entendernos a nosotros mismos incluso. Quizás la gastronomía hedonista a la que me refiera, sea para muchos pura frivolidad, pero no creo necesario defender de nuevo mi argumento, son probablemente las licencias que se permite una en el soliloquio de la prosa…

Días después, me encontraba de vuelta en Sevilla con amigas y colegas de profesión, (encuentro terapéutico, que a mí me gusta llamar), con motivo de las jornadas de Nutrición que organiza el Colegio andaluz. Al final del día, algo cansada de tantas conferencias, me despertó de nuevo el sentimiento al que me refería al principio, me removió el alma esa voz experimentada que reflejaba el paso del tiempo, que nos hablaba sobre la biodiversidad agrícola como arma para combatir el hambre y la malnutrición. José Esquinas Alcázar, se llama. Cuando estudiaba la carrera de Nutrición, soñaba con verme trabajando en la FAO, de esas cosas que una piensa para sí misma como necesarias, pero que finalmente se quedan en la ensoñación. Y es en instantes como aquél, que me pregunto por qué no lo hice.

Me siento profundamente asqueada con los datos que leo y escucho sobre malnutrición. Y al mismo tiempo, me recorre una sensación de resignación ante la imposibilidad de frenar la tendencia. Realmente, no sé si ese algo que podemos cambiar en nuestras casas, en nuestro barrio, es suficiente frente a la barbarie colectiva.

Horas antes habíamos estado comiendo en uno de esos sitios en los que parece que la comida perdiese su valor. El sentimiento imperante en un buffet libre de “esto ya lo he pagado y me lleno el plato las veces que me dé la gana”, confieso que me genera arcadas. Observando a mi alrededor, familias enteras (buena parte de ellas con más de un miembro obeso), con columnas de marisco, carne y todo tipo de comida oriental en sus platos, yendo la mitad de ellos a la basura sin ni siquiera haber sido tocados; por no hablar de la ansiedad ligeramente agresiva a la hora de capturarlos de las bandejas colectivas y llevárselos a su mesa, cual león recién atrapada su presa.

No doy crédito. Cuántos kilos de comida al cabo del día acaban en la basura solamente de ese restaurante, un grano de arena en la playa. Según datos de la estrategia“Más alimento, menos desperdicio” del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio ambiente, un tercio de la producción mundial de alimentos se desperdicia. Esto sería suficiente para alimentar a 2000 millones de personas en el mundo. Cada año se tira una cantidad equivalente a la producción mundial de cereales. Y no estamos hablando únicamente de una cuestión ética, sino medioambiental. Para obtener un sólo kilo de carne de vacuno son necesarios ocho kilos de pienso, según la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Es decir, millones de toneladas de soja que a su vez han de ser cultivadas deforestando extensiones de bosques impolutos (esencialmente estadounidenses, brasileños y argentinos, y de soja transgénica), haciendo uso intensivo de fertilizantes, pesticidas y un recurso natural esencial para la vida, el agua, que conlleva un desastre natural irreversible. 

Se avecina la navidad… tras la tragedia griega de nuestra propia existencia durante el resto del año… llega el momento de la catarsis, de la purificación espiritual para alejarnos de cuantos temores nos aporta nuestro día a día. El espacio de tiempo del todo vale, de la ensoñación colectiva de la felicidad (sobreactuada), al son de los villancicos y el consumismo desmedido, y ya veremos cómo lo reconduciremos en enero, pero ahora, comamos y bailemos. Danzad, danzad, malditos...

¿Y si esta navidad decidiésemos romper con la tradición, y ser algo más conscientes de todo? No comprar comida como si el fin del mundo estuviese cerca, no almacenar toneladas de carne y marisco en los congeladores, no preparar una cena de nochebuena basada en animales exclusivamente, sino aportar nuevas opciones basada en vegetales (patés de verduras, legumbres y frutos secos, cremas de verdura, pasteles de verdura y arroz...). Aprovechar los restos de comida para seguir comiendo los días siguientes, congelar inmediatamente aquello que se sabe que no se va a comer, cocinar en base a lo que tenemos en la despensa y en la nevera... Y disfrutar mucho más de aquello que nos llevamos a la boca y de la compañía que tengamos, en lugar de ocuparnos exclusivamente de la foto que vamos a hacerle al plato para subirlo a Instagram, para aumentar el número de seguidores. 

A lo mejor tampoco es tan difícil. Si el grueso de la población gira en torno a las tendencias que nos imponen Instagram o Youtube, lo mismo tendremos que trasladarle amablemente esta petición a los influencers, esos nuevos personajes de la obra que manejan a las masas, a ver si así lo conseguimos.

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Estrella Rubio Viernes, 15 Diciembre 2017 11:11 publicado por Estrella Rubio

    Muchas gracias Carmen, me alegra que te hay gustado. Estoy de acuerdo en que la nutrición debería llegar como contenido transversal tanto en los centros educativos como sanitarios públicos. Algo se está avanzando, pero muy lentamente, y en mi opinión, el mayor problema es asignar esta función a profesionales no especialistas, en lugar de Nutricionistas.

  • Enlace al Comentario . Carmen Ordóñez Martín Miércoles, 13 Diciembre 2017 12:05 publicado por . Carmen Ordóñez Martín

    Hola! Me ha emocionado tu artículo y he llegado a él buscando orientación para ayudar a mi hija adolescente de quince años que debutó con diabetes tipo 1 hace cinco. La verdad es que está concienciación debería ser una asignatura para familias completas, es imprescindible como cuestión de salud pública.

  • Enlace al Comentario Raúl AP Sábado, 02 Diciembre 2017 19:49 publicado por Raúl AP

    Totalmente de acuerdo contigo...

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